Mi experiencia compartiendo piso. (terror)
Introducción
Antes de empezar voy a presentarme como es debido:
Mi nombre es Álvaro Ruz, soy un estudiante universitario de videojuegos y de japonés autodidacta. Vengo de una ciudad de paso situada en Cádiz llamada Algeciras, siento que debo expresarme y siempre me ha costado bastante.
Me gusta escribir, leer, analizar, crear e imaginar, escuchar música, ver anime, etc.
Llevo un largo tiempo queriendo crear un blog y por fin ha llegado el día, quiero que éste sea el primero de muchos y que, quienes lo lean disfruten y aprendan de forma recíproca.
Sin más preámbulos, me abro paso como blogger narrando mi experiencia en estos meses que llevo compartiendo piso con otros cuatro estudiantes.
Rutina en un piso de estudiantes
Otro día más sentado
frente a la mesa de escritorio en mi cuarto con mis figuras de anime, mis
pósters, mi bote de aceite de oliva virgen extra situado al lado derecho de la
mesa de escritorio preparado para hidratar mi sequedad de la piel, un bol de
cerámica que contiene restos del ramen barato que cené anoche. Una especie de
cartelito que me dieron una vez mientras caminaba por la calle en el que pone
“NO CITY - NO PARTY”, supuestamente anuncia que hay que mantener la ciudad
limpia cuando se sale de fiesta.
A la izquierda de la mesa,
una foto de mí surfeando tumbado sobre una tabla cuando tenía cinco años de
edad en una playa al sur de España, las llaves del piso, la férula dental que
tengo que ponerme cada noche antes de dormir, mi móvil, mi cartera con las
tarjetas del día a día y poco dinero, una taza de leche con té verde japonés,
el flexo apagado ya que es de día, una agenda que contiene unas anotaciones del
año pasado de la universidad que no uso en absoluto y al centro de la mesa mi
laptop donde juego, navego, escribo y hago mis tareas para la universidad entre
otras cosas.
En el lado derecho de mi
habitación se encuentra mi cama, en la pared de enfrente la dichosa ventana
llena de los pósters que tenía colocados sistemáticamente en la pared del
cuarto con una decoración a mi gusto.
Debido a que la ventana
de mi habitación no tiene una dichosa persiana, entonces me veo obligado a
tener que taparlo todo con los pósters, uno de Hatsune Miku doblado hacia
abajo, otro de Jinx colocado a conciencia tapando una parte en la que da el
reflejo del sol, uno del videojuego Red Dead Redemption colocado hacia abajo,
uno más grande de Pokémon en forma diagonal que cubre casi toda la ventana y,
por último, en la parte superior, uno de Cowboy Bebop tapando otro hueco que
refleja el sol.
La toalla de la ducha está
colgada en la puerta de entrada a mi cuarto y en la pared un calendario zen que
me regaló mi padre estas navidades pasadas.
Un póster de un zombie a
un lado del armario que está situado a mano derecha nada más entrar por la
puerta. Al menos mi armario, a diferencia del de los demás, tiene espejo. En la
pared situada a la derecha del armario, mi póster grande de Soryuu Asuka
Langley.
Poco más puedo contar de
la habitación en la que vivo día a día, tengo veintidós años y sufro un poco de
ansiedad ya que la convivencia se hace compleja con cuatro jóvenes más que
rondan mi edad. Tres de ellos estudian la misma carrera que yo, mientras que el
otro. Persona con la cual no me llevo especialmente bien. No sé a qué se
dedica.
Podría quedarme ahí, pero
hay más. Solo he hablado iniciando mi habitación y hay más habitaciones.
El piso de estudiantes en
el que vivo, que también podríamos catalogar como “infierno o ghetto”. Es como
una jungla, cada día puedes aprender una cosa nueva en el ámbito de la
guarrería. Ni qué decir que ello incrementa en mi persona, un aumento de
ansiedad que cada vez deriva a peor.
Podríamos empezar
describiendo la cocina, es increíble que, tras regresar de las vacaciones de semana
santa todo siga igual o peor, ayer fui a tirar el plástico del ramen a la
basura y me encontré con una especie de mancha marrón oscura impregnada en el
suelo. A juzgar por la textura llevaba pegada varios días y al “mente fría” que
la había dejado ahí, le habría dado por no recogerla.
Una desconsideración
vaya. Por no decir que la basura lógicamente, estaba sin tirar, entonces me
envalentoné, cogí la bolsa y bajé a la calle para tirarla.
Se me había olvidado
añadir que vivimos en un tercero. Volviendo al terrorífico tema de la cocina,
la pila del lavabo estaba sin fregar lógicamente y como yo llevo en huelga un
tiempo. Era obvio que nada de lo que había ahí era mío. Al vivir con compañeros
de origen chino, se me quitan las ganas de comer arroz, este hecho no solo se
debe a que veo arroz casi siempre. También se debe a que le he pillado algo de
tirria a la arrocera que ocupa bastante sitio en la cocina.
Otro de los matices a
añadir es la vitro cerámica llena de grasa, de haber cocinado o frito algo y no
haber pasado una servilleta de papel. A día de hoy y tras vivir varios meses
aquí, no entiendo cómo no se ha creado todavía un ecosistema dentro de mi
cocina.
El lavavajillas sin
poner, lógicamente.
Siento pena por mis dos
tazas blancas que me traje de Cádiz para tomar té y que han pasado de estar
colocadas en una estantería protegidas por una puerta con elegantes ventanas de
cristal. A estar ahora rodeadas de platos y ollas colocadas al azar en una
especie de recipiente blanco donde ponemos a secar los demás utensilios de la
cocina.
Pero resulta que, al ser
tantos no tengo espacio para ponerlo en otro lugar y no me apetece tener que
guardarlo en mi armario con mi ropa.
Es mejor que salgamos de
la cocina porque si seguimos narrando este desastre posiblemente nos pueda dar
algo.
Al salir de la cocina a
mano izquierda nos encontramos con el salón. Una pequeña mesa de color blanco
en la que es imposible que coman cuatro personas a la vez.
Esta mesa siempre va
a tener algún plato de comida sin recoger y un cenicero con muchos cigarros
estrujados, en la estantería de delante donde se sitúa el televisor también
encontraremos otro cenicero con cigarros que, si no está ahí, estará en la
cocina.
Jamás imaginé que una
persona en su día a día pudiera consumir tantísimo tabaco. Siento pena por los
pulmones de cierta persona.
Pulmones condenados a una
oscuridad neblinosa y de atmósfera tóxica que, por un largo tiempo no conocerán
el frescor que pueda brindar salir a dar una vuelta al campo e impregnarse de
los olores de la naturaleza.
Supongo que, al menos
como recurso, le quedarán los caramelos de menta.
Al lado de la mesa del
salón encontramos el sofá, que por una especie de regla moral no escrita y que
se cumple en esta casa de forma indefinida. Siempre va a tener algo de ropa,
aunque la cantidad de ropa ocupe la mitad de sitio en el sofá, también habrá
hueco para sentarse.
Cerca del sofá, a su
izquierda, se sitúa la puerta de entrada a la casa.
Otro aspecto a recalcar
es la televisión, sé que puedo resultar algo repulsivo, pero, oír los anuncios,
las series y las películas de fondo en contra de mi propia voluntad puede
resultar una especie de pesadilla para una persona tan silenciosa como yo.
Siento como si me estuvieran intentando meter información en la cabeza que no
necesito y no quiero en absoluto. Por ello, me siento manipulado y eso me crea
cierta impotencia y de nuevo, otro pequeño matiz que incrementa mi ansiedad.
A diferencia de esto, una
atmósfera con sonatas de violín y piano compuestas por Mozart, un pequeño bol
repleto de arándanos, una taza de té rojo procedente de Granada y mis apuntes
de japonés autodidacta. Serían lo ideal para equilibrar mis tan aclamadas
tardes de silencio que ahora no son más que una utopía.
También están los dos
cuartos de abajo pero no me apetece indagar en el cuarto de cada uno.
Hemos relatado el lugar a
mano izquierda nada más salir de la cocina y ahora, a mano derecha, encontramos
la otra mesa del salón.
Es más grande y de
cristal, ésta mesa solo se ha usado alguna vez para jugar al “beer-pong”
estando de fiesta y borrachera en casa, también algún día para jugar a algún
juego de mesa y alguna extraña vez para comer y cenar.
A un lado de esa mesa,
maletas de viaje y muchas botellas de agua que integrantes del piso piden por
encargo. También una incuestionable cesta con flores que no se han regado y
están totalmente marchitas. Esa cesta podría considerarse como el punto
metafísico para comprender la situación vitalmente insostenible que existe en
este piso.
En el paso de la cocina y
la parte izquierda del salón, también hay una escalera en forma de caracol.
¡Sorpresa!,
¡sí!, ¡vivo en un dúplex!
Si el mal se reencarnase
de alguna manera en algún material u objeto, sería indiscutiblemente en ésta
escalera de caracol. La escalera está hecha de plástico y además es un coñazo
al principio para adaptarte a ella. Es extraño porque, estéticamente queda bien
donde está situada, pero a su vez da la impresión de que está como arremetida y
apretujada porque no hubo otro sitio donde colocarla en su momento.
Una de las raras
habilidades de esta escalera es recoger todo el polvo y porquería posible.
Resulta algo asqueroso el ver como debajo de la escalera se encuentra la mesa
de cristal del lugar ya señalado en el salón. También saber que en esa mesa cae
el polvo y la porquería recogidos en esa escalera. Pero no pasa nada porque
aquí nadie ha pensado si quiera en darle un repaso con un trapo a esa mesa.
No importa que friegues o
recojas la escalera, se le va a dar igual de bien acumular la porquería al día
siguiente.
Para esto, una solución
sería aprender de la cultura japonesa en el sentido de llegar a casa, quitarse
los zapatos de la calle y usar unas zapatillas de casa. Así evitaríamos que lo
que recogemos en la calle con los zapatos lo repartiéramos por el piso. Pero ni
si quiera voy a proponerlo porque, si no se puede ni mantener una cocina
limpia, obvio que no iban a prestarme atención en caso de que yo intentase
imponer esta regla.
Una vez finalizada la
descripción de la “escalera del mal”, pasamos al cuarto de baño de arriba que
es el que yo uso. Debido a una ley moral no escrita que se cumple en este piso,
los de arriba usamos el baño de arriba y los de abajo usan el baño de abajo.
Es un cuarto de baño
pequeño normal y corriente. La alcachofa de la ducha no sé porque tiene el
cable gris de fuera desenganchado y aunque lo pienso cada vez que me ducho, al
salir se me olvida comentarlo.
El lavabo con su vaso, sus
cepillos de dientes con su pasta dentífrica, sus lentillas y el jabón. Solo que
siempre está lleno de agua y con suciedad.
Desgraciadamente, hay
quien no sabe cómo se limpia el espejo. Parece ser que el limpiacristales debe
tener alguna especie de maldición, pero me resulta raro que cuando yo lo he
usado anteriormente para limpiar el lavabo y el espejo no me ha ocurrido nada.
¿O quizá sí? Quizá sin darme cuenta por haber usado ese limpiacristales he
caído en una maldición cuyo efecto es meterse en la conciencia de los
integrantes del piso y hacer que consigan no limpiar nada en esta casa, ¿Podría
ser?...
No lo sé… La verdad es
que no lo sé...

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